En una columna para el periódico chileno, El Mercurio, el profesor Michael Leatherbee -con estudios en Stanford y la Pontificia Universidad Católica de Chile- aseguró que quienes dominan la tecnología tienen una ventaja ”injusta” frente a los rezagados, argumentando que ”las sociedades tecnológicamente más avanzadas, lo siguen siendo a la misma velocidad que las atrasadas se quedan atrás.” Con políticas adecuadas, asegura el ingeniero civil, se puede equilibrar la balanza. La ”tecnología”, precisa Leatherbee, es ”una extensión productiva de nuestro ser, es decir, toda cosa (física o conceptual) que nos permita hacer más con menos.”

Su columna nace a partir de una reflexión de la película ”El precio del mañana” (dirigida por Andrew Niccol), en donde los humanos serían inmortales y dejarían de envejecer a los 25 años. Todo gracias a los avances en la ingeniería genética.

”Ahora bien, lo importante no es si lo descrito en el filme será precisamente lo que ocurrirá, lo importante es el fenómeno que también muestra la película, en cuanto a los efectos de la diferencia de asimilación tecnológica entre distintas sociedades.

La tecnología de la película permitiría que todos vivieran para siempre. El problema es que no existen suficientes recursos en este planeta para sostener una vida ilimitada de cada vez más humanos. Por lo tanto, el sistema social en la película inventa un mecanismo que le da término a las vidas que no logran crear suficiente valor para el sistema económico. Es decir, para continuar con vida, las personas deben trabajar para comprar tiempo para vivir. Pero aquí esta el punto, no todos deben trabajar para vivir, porque la sociedad que inventó y asimiló tempranamente dicha tecnología pudo inducir a que el resto de las sociedades más atrasadas realizaran el trabajo productivo, mientras que la más avanzada podía gozar de una vida eterna sin necesidad de sacrificios. Lo anterior deja un claro mensaje: quienes dominan la tecnología tienen una ventaja ”injusta” frente a quienes no la dominan.

Los europeos conquistaron a los nativos americanos, en parte, gracias a su tecnología de guerra (armamento y técnicas de combate). Tenían una ventaja ”injusta” frente a las sociedades conquistadas. La Segunda Guerra Mundial fue una guerra de tecnología electrónica, la que dio ventaja al grupo social que pudo darle el mejor uso posible al conocimiento humano para ganar la guerra.

Pero, ¿qué tiene que ver la creatividad y la innovación con la tecnología? Muy simple. La innovación es el proceso de creación (invención) de un nuevo valor (por ejemplo las herramientas que reemplazaron a las manos en el proceso de cosecha), y la entrega de dicho valor al mercado. Por lo tanto, si uno quisiera ofrecer al mercado más maíz a un costo más bajo, uno tendría que usar la mente para diseñar soluciones creativas que puedan ser desarrolladas y utilizadas para cosecharlo de manera más económica. Es decir, diseñar nuevas formas para materializar extensiones productivas de nuestro ser.

El economista Diego Comin ha investigado profundamente el fenómeno de la asimilación de tecnologías entre los países, explorando como dicha asimilación (o falta de ella) lleva a la disparidad de riquezas entre países. Los estados más avanzados tecnológicemante son capaces de asimilar nuevas tecnologías más rápidamente que los menos avanzados. Lo mismo sucede con el conocimiento individual. En promedio, una persona que ha recibido más educación es capaz de asimilar nuevo conocimiento más rápido que una con bajo nivel de educación.


El gráfico muestra cómo aumenta la disparidad tecnológica en el tiempo. Si se compara la distancia del nivel tecnológico entre dos países (uno tecnológico y otro subtecnológico) se aprecia que la distancia aumenta en la medida que pasa el tiempo. Es decir, la sociedad más tecnológica aumenta su capacidad tecnológica más rápidamente que la sociedad menos tecnológica. Es como estar en un ciclo virtuoso o vicioso, dependiendo de dónde uno esté parado.

¿Qué importa si en Chile, Colombia, Argentina o México seguimos manejando nuestros propios autos, mientras en Estados Unidos o Inglaterra la gente comienza a transitar en vehículos autoconducidos? ¿Qué importa si en Italia existen supermercados en los cuales no se requiera hacer una fila para pagar la mercadería, porque el cobro de los productos se hace mediante tecnología de reconocimiento visual automatizado?

¡Por supuesto que importa! Cada vez que una sociedad inventa una solución que le permite ”hacer más con menos”, aumenta su productividad relativa a las sociedades que siguen haciendo lo mismo con los recursos de siempre. En las sociedades en que las personas no tienen que gastar tiempo manejando o ser atendidos en la caja del supermercado, ellas utilizarán ese tiempo para otra cosa y serán mucho más productivas que el resto. En otras palabras, podrán acumular más riqueza en menos tiempo y mayor riqueza confiera mayor poder, lo cuál facilita la adquisición de conocimiento y asimilación tecnológica, lo que a su vez permite seguir acumulando riqueza y poder para aumentar la distancia frente al resto de los competidores.

Pero, ¿cómo se pasa de la línea roja a la azul en el gráfico? Según Comin, es casi imposible hacerlo de manera endogena. Lo más común es que el salto sea por razones exógenas, como una guerra, que obliga al país a unirse y trabajar duro en pos de un objetivo común (como sobrevivir). Pero pensar que uno pueda pasar de la línea de la desventaja al frente de batalla sólo mediante factores exógenos, parece una idea bastante desalentadora. Sin embargo, existe otra forma, muy difícil por lo demás, que es mediante el diseño de políticas que cambien positivamente la trayectoria del país.

Michael Leatherbee

Sobre Michael Leatherbee
Michael Leatherbee es ingeniero civil industrial con mención en Hidráulica de la Pontificia Universidad Católica de Chile y Ph.D. en Organizaciones, Estrategia, Emprendimiento y Tecnología en la Universidad de Stanford, California, EEUU. Director de la Plataforma de Gestión de Innovación de DICTUC. Profesor Jornada Completa del Departamento de Ingeniería Industrial y Sistemas de la Pontificia Universidad Católica de Chile.

Su vocación por el emprendimiento innovador comenzó el año 2000 en las aulas de la Escuela de Ingeniería donde co-fundó la empresa Yx Tecnología S.A. con la visión de desarrollar productos tecnológicos de alto valor agregado para los mercados internacionales. Miembro del directorio de Start-Up Chile, consejero del Consejo Chile-California, y director académico de Aukan-Gestión de Innovación. Además, ha fundado múltiples iniciativas sin fines de lucro como la Fundación Educacional OPTE.